Elon Musk, el hombre más rico del mundo según la revista Forbes, es oficialmente el nuevo dueño de Twitter, la llamada plaza pública digital. La operación que lo hizo posible se cerró el jueves pasado en la ciudad de San Francisco, en California, y una vez que Musk tomó el control de la empresa, su primera decisión fue despedir inmediatamente a los principales ejecutivos de la compañía, empezando por el director ejecutivo Parag Agrawal, el director financiero Ned Segal y el asesor legal principal Vijaya Gadde, quienes dejan la empresa con paquetes de indemnización multimillonarios. La Bolsa de Valores de Nueva York anunció que suspenderá la compra y venta de acciones de Twitter ahora que la empresa opera bajo propiedad privada.
El acuerdo termina con el tira y afloja de los últimos siete meses que comenzó desde que Musk, el fundador y mayor accionista de empresas como Tesla y SpaceX, comenzó a comprar acciones de Twitter. El 4 de abril reveló que había adquirido una participación del 9.2% en la red social. Desde entonces el multimillonario, que tiene 110 millones de seguidores en Twitter, comenzó a compartir opiniones a través de tuits sobre el negocio, la plataforma y la funcionalidad de la empresa.
La llegada de Musk es motivo de preocupación para grupos dentro y fuera de Twitter, empezando por alrededor de 7mil 500 empleados de la empresa. Musk anunció y luego negó que tiene planes para recortar el 75% de su plantilla, algo que naturalmente generó confusión entre los trabajadores. Musk también quiere diversificar las fuentes de ingresos a través de publicidad y explorar opciones de suscripción que incluyen el pago de una mensualidad por el privilegio de contar con una cuenta verificada. Pero lo que más preocupa, más allá de los cambios operativos, es la filosofía de Musk, quien ha reiterado que su interés en Twitter se enfoca en la protección de lo que entiende como “libertad de expresión”, incluso si esto facilita un aumento de la desinformación, las noticias falsas y el discurso de odio que domina buena parte de las interacciones en Twitter. Apenas unos días después de tomar control de la empresa, Musk compartió y luego borró información falsa y teorías conspirativas sobre el atentado en contra del esposo de la presidenta del Congreso, Nancy Pelosi. Al ser señalado por sus acciones, Musk trató de desacreditar al diario The New York Times. El episodio genera serias dudas sobre la capacidad de Musk y su equipo para detectar desinformación. También genera dudas sobre la disposición que mostrará la plataforma para eliminarla.
El fundador de Tesla ha dicho que está a favor de levantar la prohibición al expresidente Donald Trump, quien fue vetado de la red social por no cumplir con los acuerdos de usuario al difundir contenido falso e incitar a la violencia a través de su cuenta de forma retirada. No está claro si Trump siquiera quiere volver a Twitter, dado que eso significaría el fin de la plataforma que fundó como alternativa: Truth Social.
Musk también ha expresado interés en convertir a Twitter en una especie de agregador de servicios, un destino que ofrezca un poco de todo inspirándose en la aplicación china WeChat que evolucionó de un servicio de mensajes instantáneos a una plataforma con pagos, comercio electrónico, gestión de suscripciones y otros servicios utilizados por los chinos en su vida diaria.
Musk ha criticado una y otra vez las reglas de moderación de contenido en Twitter que han evolucionado con el tiempo para ser cada vez más estrictas, pero lo que ignora Musk es que la evolución de Twitter no responde necesariamente a que los ejecutivos de la empresa se hayan vuelto más estrictos, sino a los cambios en la sociedad en la que vivimos, cada vez más enfrentada y polarizada. Los ejecutivos de empresas dedicadas a tecnologías de la información y los medios sociales han visto cómo grupos radicales abusan de sus productos para manipular elecciones, difundir propaganda, información errónea sobre la salud o acosar a la gente en masa. Es claro que los moderadores a veces cometen errores, pero un retroceso más amplio hacia un Twitter en el que todo se vale sin consecuencias sería un error grave. Proteger la libre expresión de ideas y puntos de vista es un objetivo loable, pero hacerlo a través del abuso de estas libertades resulta cada vez más peligroso.
Algo que resulta tan delicado como la actitud frívola de Musk en cuanto al desafío de equilibrar libre expresión y seguridad ha sido su enfoque en las regulaciones financieras que se supone deben regir su comportamiento. Musk está pagando 40 mil millones de dólares por controlar twitter, pero podría ganar mucho más de esta operación jugando con los requisitos legales. A Musk no le gusta jugar bajo las mismas reglas que a los demás y eso es fundamental para entender a Musk y sus planes en Twitter. En una carta a los anunciantes, prometió que el sitio “obviamente no puede convertirse en un infierno de todos contra todos, donde se puede decir cualquier cosa sin consecuencias… nuestra plataforma debe ser cálida y acogedora para todos”. Pero es casi seguro que esas consecuencias no se aplicarán a él, y sus comentarios recientes deberían darles a esos anunciantes y a todos los usuarios de la red social algo de pausa.