El mundo no puede darse el lujo de un efecto dominó de países agobiados por la deuda.
Opinión de la Junta Editorial de The New York Times
Que un país deje de pagar sus préstamos es un gran problema para sus ciudadanos. Si una docena de países entran en cesación de pagos, es un gran problema para el mundo.
En la década de 1980, los impagos en América Latina provocaron hiperinflación, disturbios e inestabilidad política en Argentina, Brasil y Perú. El mundo parece estar al borde de otra crisis de endeudamiento, y los líderes de Estados Unidos y otros países tienen la oportunidad de unirse para apoyar las medidas que la evitarían. Deberían volver a recurrir a la estrategia que ayudó a poner fin a la crisis de la deuda latinoamericana, especialmente las medidas que convencieron a los acreedores de compartir el sacrificio y aceptar menos de lo que se les debía.
La crisis actual tiene varias causas inmediatas: los prestamistas, una vez más, hicieron caso omiso de la prudencia, por lo que algunos países estuvieron endeudándose en exceso y ya tenían una deuda insostenible incluso antes de que surgiera el COVID. La pandemia obligó a los países a endeudarse aún más para mantenerse a flote, ya que la actividad empresarial se paralizó. Después, la guerra de Ucrania hizo subir el precio de los alimentos y el combustible. Ahora, el aumento de las tasas de interés ha incrementado enormemente el costo del servicio de esa deuda. Se calcula que 56 países están teniendo dificultades de endeudamiento o corren peligro de encontrarse en ellas, más del doble que en 2015.
Esto significa que, en muchos países, una parte enorme del presupuesto nacional se destina a la deuda: en Pakistán, es posible que más de la mitad de los ingresos públicos tengan que dedicarse al reembolso de la deuda externa, a menos que el país obtenga un alivio. Anunció que hará recortes en las subvenciones alimentarias, y la situación económica ha llegado a ser tan grave que hace poco murieron 11 personas en una estampida en un centro de distribución de harina. En Laos, que debía $2.000 millones en pagos de deuda en 2020, el gobierno recortó su presupuesto de atención médica en plena pandemia para reducir el gasto. Ecuador pidió a algunos empleados públicos que trabajaran dos horas menos al día para controlar el gasto, como condición para obtener un préstamo de emergencia del Fondo Monetario Internacional.
Cuando los países tienen que dedicar una parte tan grande de sus ingresos públicos al servicio de la deuda, no tienen suficiente para pagar necesidades básicas como la alimentación y la energía necesarias para que una economía funcione y para que la gente prospere en ella. Tampoco tienen suficiente para invertir en el futuro: en sistemas de atención médica para prepararse para la próxima pandemia o en la transición hacia la energía verde. También los inversionistas extranjeros pueden perder mucho dinero, y las pérdidas a gran escala pueden tener efectos impredecibles en los mercados financieros.
Se han producido algunos avances en las reuniones del FMI y el Banco Mundial que se celebraron en Washington la semana pasada. Los acreedores -un grupo variado que incluye tenedores de bonos y otras instituciones financieras del sector privado, bancos multilaterales de desarrollo y prestamistas soberanos, entre ellos Estados Unidos y China- se reunieron con los países deudores para debatir cómo acelerar la reestructuración de la deuda y superar los cuellos de botella del proceso.
Esta nueva Mesa Redonda Mundial sobre la Deuda Soberana, liderada por el FMI, el Banco Mundial e India, actual presidente del G-20, ha llegado a un acuerdo sobre algunos temas, aunque queda mucho por resolver respecto a una posible reestructuración.
Cualquier avance es una buena noticia; los niveles de deuda en demasiadas partes del mundo son insostenibles, y cualquier solución requiere una acción coordinada y colectiva. Eso es lo que ocurrió, sobre todo, durante la pandemia: el G-20, un grupo de 19 naciones y la Unión Europea, suspendió los pagos de la deuda de docenas de los países más vulnerables. Después de que ese programa expirara en 2021, pusieron en marcha el llamado Marco Común para el Tratamiento de la Deuda para ayudar a los países de bajo ingreso a reestructurar su deuda.
Pero hasta ahora, ese proceso está fracasando. No está diseñado para los países de ingreso mediano a bajo, que se encuentran entre los casos más preocupantes. También es demasiado lento. Zambia, que el año pasado fue reclasificado como país de bajo ingreso, lleva más de dos años intentando reestructurar su deuda y tiene pocos resultados que mostrar. Ha cumplido con su parte y ha hecho las reformas necesarias. Sin embargo, no puede recibir fondos de emergencia del FMI si no avanza en la reestructuración de su deuda, y sus acreedores están analizando qué alivio que deben ofrecerle. Como resultado, Zambia ha estado en el purgatorio de la deuda, excluida de los fondos del FMI, pero incapaz de atraer la inversión privada mientras siguen las conversaciones. Mientras tanto, la deuda de Zambia sigue creciendo. Esto es lo contrario de acudir al rescate, por lo que no es de extrañar que solo un puñado de países hayan seguido el ejemplo de Zambia y solicitaran ayuda en virtud del Marco Común.
Hay formas de cambiar esto: congelar la deuda de países como Zambia mientras entablan negociaciones de buena fe daría a los acreedores un incentivo para acelerar el proceso y animaría a más países endeudados a solicitarlo. Y los países que pasen por este proceso también deberían ver reducidos los reembolsos de su deuda a niveles que permitan el crecimiento de sus economías. Esta solución cuenta con el apoyo de David Malpass, presidente saliente del Banco Mundial, y del secretario general de las Naciones Unidas, António Guterres.
Las disputas geopolíticas son una de las principales razones del estancamiento de las negociaciones sobre la deuda. El Marco Común engloba a un grupo de acreedores que no tienen mucho en común y cuyos intereses suelen estar en desacuerdo: entre ellos figuran prestamistas y acreedores privados y públicos de China, así como los países del llamado Club de París (EEUU y varios de Europa). La presencia de China es un indicador de lo mucho que han cambiado las cosas desde la década de 1990, cuando China era principalmente un prestatario. Hoy es el mayor acreedor bilateral del mundo.
Una propuesta prometedora para conseguir que China y los tenedores de bonos comerciales acuerden un mayor alivio de la deuda es una nueva versión de los bonos Brady, que ayudaron a resolver la crisis de la deuda en América Latina tras su introducción a finales de la década de 1980. Los acreedores que acepten reducir la cantidad que se les debe recibirían un bono respaldado por un fondo garantizado, como el Banco Mundial, que se compromete a pagar la cantidad restante, según la propuesta ideada por el Centro de Políticas de Desarrollo Global de la Universidad de Boston, el Centro SOAS de Finanzas Sostenibles de la Universidad de Londres y la Fundación Heinrich Böll. Aunque no hay soluciones fáciles para reestructurar la deuda, esta idea merece ser considerada.
La primera ministra de Barbados, Mia Mottley, y Rajiv Shah, exadministrador de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional, también han aportado ideas sobre cómo ayudar a los países que se ahogan en deudas. Sugieren restablecer la pausa de la era COVID en el reembolso de la deuda bilateral y ampliar el programa para incluir también la deuda del sector privado. Esto daría a los países el respiro necesario no solo para controlar su deuda, sino también para invertir en un futuro sostenible.
The New York Times
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