La trayectoria política de Donald Trump tiene todos los elementos de una historia americana, ahí recae en parte la popularidad del personaje. Trump fue el candidato improbable que vino de atrás para vencer a los favoritos y terminar en la Casa Blanca contra todos los pronósticos. En su campaña decía que estaba cansado de ganar y, aunque suena a exageración, la realidad es que durante años eso es lo que hizo en la arena electoral: ganarlo todo, aunque no siempre jugando limpio. Pero todo esto cambió en 2020, y desde entonces, su trayectoria ha ido en contrasentido alcanzando su punto más bajo en este 2022.
Los frentes legales se multiplicaron y los rivales se fortalecieron. Esto sumado a los resultados de la elección de medio término, abrió paso nuevamente a las voces que auguran la muerte política del expresidente. Pero en ese contexto, el personaje parece cada vez menos relevante y lo que sigue avanzando es su movimiento. El trumpismo está para quedarse porque ha transformado el quehacer político y sus instituciones. Basta revisar la historia para darse cuenta de esto.
Semanas antes de terminar su mandato al frente del gobierno estadounidense que apenas se había constituido, el general George Washington presentó en una carta los motivos por los que abandonaba la Presidencia. En su mensaje, Washington anunció que no buscaría la reelección a pesar de contar con el apoyo para obtenerla estableciendo así uno de los valores centrales de la democracia liberal: la transferencia pacífica del poder. Pero la despedida de Washington vino acompañada de una advertencia. El primer presidente de Estados Unidos creía que el fanatismo ideológico sería una de las principales amenazas existenciales para el futuro de la república. Washington temía que elementos radicales se apoderaran de las instituciones con el objetivo de perpetuarse en el poder. Los últimos años han confirmado la tesis de Washington con un panorama político en el que movimientos radicales atentan contra el orden institucional, incluyendo el Congreso, la Corte Suprema de Justicia y la Presidencia.
Por primera vez desde el periodo de guerra civil que estuvo cerca de fracturar el orden democrático en el país, Estados Unidos enfrenta la gran amenaza de la que hablaba Washington en su despedida. A diferencia de lo ocurrido en los 30’s y los 60’s donde existían visiones contrastantes sobre el rumbo que debía tomar el país, pero un acuerdo colectivo sobre los protocolos del quehacer político, actualmente esos acuerdos se han desvanecido dando espacio a las acusaciones infundadas de fraude electoral que respaldan cientos de funcionarios republicanos vinculados políticamente al expresidente Trump, más de 100 ganaron sus respectivas votaciones. Lincoln decía que las democracias no perduran si no hay un respeto muto por las reglas del juego. Para el trumpismo, las reglas del juego solo funcionan si ellos ganan la elección.
El trumpismo, más que Trump, ha sido la gran prueba de estrés que imaginó Washington cuando advirtió sobre los fanatismos ideológicos. No creen en la transición pacífica del poder o el intercambio suave de la estafeta presidencial al que nos invitó Washington. En cambio, el asalto violento al capitolio, el corazón de la democracia estadounidense, es la expresión lamentable pero lógica de un movimiento empeñado en desacreditar la ley y el orden con el fin de avanzar un proyecto político nutrido por la división y el caos.
La irrupción del Congreso protagonizada por miles de simpatizantes de Trump durante la sesión para certificar la victoria del presidente electo Joe Biden exhibe los alcances de un movimiento que ya trasciende a su líder. El 6 de enero de 2021 todos pudimos atestiguar en tiempo real cómo la línea retórica del trumpismo se coló hasta los pasillos del poder político en Washington. Todos hemos visto cómo el país se divide en dos realidades opuestas con poco más de la mitad confiada en la integridad de la elección y la otra mitad convencida de un presunto fraude que solo existe en la mente del trumpismo y en los medios que monetizan teorías de conspiración y desinformación.
El personaje parece estar en su peor momento político, pero su proyecto desafortunadamente continuará. El movimiento conservador en los Estados Unidos abandonó a los moderados hace varios años y ahora se ha refugiado en manos de la ultraderecha. Las derrotas electorales en 2008 y 2012 solo aceleraron ese desplazamiento. El partido de Lincoln incubó a Trump y empoderó a figuras tóxicas como Marjorie Taylor Greene o Matt Gaetz, entre otros. En suma, parece que los días más complicados para la democracia estadounidense están por venir. El ecosistema que facilitó la ascensión al poder y la evolución de Trump solo se ha fortalecido desde entonces.
Entumecidas por la narrativa del excepcionalismo americano, la riesgosa noción de que la democracia estadounidense es infranqueable y su obsesión con el falso balance, la prensa y otras instituciones estadounidenses se han visto abrumadas por esta gran prueba de estrés llamada Donald Trump. Se equivocaron en normalizar el desafío en 2016 y se equivocan nuevamente al pensar que con el desgaste de Trump se soluciona el problema. Las frustraciones económicas y las ansiedades demográficas que elegantemente tratan de explicar el profundo resentimiento social y racial con el que han traficado Trump y su partido se han desbordado a las calles y siguen tan presentes como hace 6 años.