Las tarifas universitarias desorbitadas y los mercados de atención médica oblicuos explican por qué ser de clase media en Estados Unidos es cada vez menos factible.
Empecé esta semana con gran pesar, después de haber firmado el primero de los tres cheques de $20.000 para la matrícula universitaria de mi hija que deberá este año. Me sorprende que solo la matrícula en su escuela, al igual que en muchas universidades de primer nivel (de hecho, también en muchas de segundo nivel), cuesta $60.000. Gracias a Dios, este año está viviendo en un apartamento, dividiendo un alquiler anual de $30.000 en tres partes, por lo que mi factura total para su año escolar será de apenas $70.000, en lugar de los aproximadamente $90.000 que habrían sido si viviera en un alojamiento universitario y comiera bajo un plan de comidas (le di $2.000 para comida durante los próximos seis meses y le dije que experimente con el veganismo y tal vez con buscar un trabajo a tiempo parcial en una cafetería o restaurante con comidas gratis).
Esto es una locura, punto. Y debe cambiar, porque ahora estamos en un momento en el cual solo una pequeña parte de la población puede permitirse pagar algo parecido a estas tarifas sin asumir enormes deudas, obligando a los estudiantes a trabajar a tiempo completo mientras están en la universidad (no es una buena idea, ya que tiende a resultar en mayores tasas de deserción y bajas calificaciones, lo que en cierto modo desvirtúa el objetivo de la educación) o a tener los padres tres empleos (esa es mi propia estrategia y conlleva síndrome de túnel carpiano y mal humor).
Los precios de estas escuelas son, por supuesto, algo negociable. Hemos escuchado de amigos que si una escuela quiere que su hijo asista allí por cualquier razón (mérito, diversidad, deportes, etc.), las tarifas pueden cambiar milagrosamente en el último minuto. A muchas escuelas les gusta decir que las ayudas se conceden solo en función de la necesidad económica, pero, entre pláticas, hemos comprobado que las universidades cuentan con una variedad de medios para conseguir a los alumnes que ayuden a dirigir sus estadísticas en la dirección correcta.
Me recuerda a una factura médica especialmente excesiva (una de tantas) que recibimos tras la cirugía de espalda de mi esposo la primavera pasada. Esta era de un proveedor que cobraba $192.543,02 por un tratamiento hospitalario (y no incluía siquiera era la cirugía en sí). Cigna, nuestro proveedor de seguro médico, intervino y negoció con el médico un descuento de $42.000. Pero además, Cigna solo le pagó $4.142,16. Nos dijeron que debíamos $146.400,86 de gastos de bolsillo, que NO es lo que nos dijeron antes de empezar la cirugía. (Dicho esto, si es hospitalizado en Estados Unidos, le deseo suerte para saber qué es lo que le van a facturar y cuándo; parte del disfuncional mercado médico de este país es que nadie sabe el precio total de la atención sanitaria antes de acudir a ella). Cuando llamé para cuestionar esto, el proveedor nos informó simple y desconcertantemente que la factura adicional sería eliminada.
Solo puedo suponer que tanto los proveedores como las aseguradoras, en nuestro sistema salvajemente sesgado, ofrecen precios más altos por el costo “oficial” de la atención, asumiendo que las aseguradoras y los proveedores y los clientes se enfrentarán más tarde para reducirlo, y que gane el mejor. Esto es ciertamente lo que entiendo que es el caso anecdótico de muchos amigos y colegas con quienes he hablado sobre el proceso.
Menciono estos dos casos, el de las tarifas universitarias desorbitadas y el de los mercados de atención médica oblicuos, porque son dos de las razones fundamentales por las cuales ser de clase media en Estados Unidos está cada vez más fuera del alcance de tantas personas, incluso de quienes tienen buenos ingresos. Si el precio de una universidad privada es el doble del ingreso de clase media, y nadie sabe cuánto costará una buena atención médica antes de recibir la factura, o lo que realmente se pagará en cualquier caso, ¿cómo pueden funcionar los mercados?
Ed, mi pregunta para ti, como británico, es: ¿cuál es el mercado más disfuncional que has visto de cerca, en ambos lados del charco? ¿Y tienes alguna idea sobre lo que se necesitaría para reformar la educación o la atención médica en Estados Unidos y hacerla un poco más como Europa?
Respuesta de Edward Luce
Rana, todavía estoy sorprendido por los costos universitarios de tu hija. La historia sobre la factura de la cirugía de John, y el hecho de que no se le avisara antes de decidir el procedimiento, es en muchos sentidos más impactante. Pero me tranquilicé al saber que fue misteriosa y afortunadamente eximida. Al haber vivido en el Reino Unido la mayor parte de mi vida, y en EEUU la segunda mayor parte, he estado expuesto durante mucho tiempo a los polos opuestos del sistema de atención médica del mundo desarrollado. Viví en la India durante cinco años, pero los gastos de bolsillo eran tan minúsculos en relación con los ingresos en divisas que no eran materiales. Viví en Hong Kong, Bruselas, Ginebra y Filipinas, pero no he tenido ninguna necesidad seria de hospitales o médicos, aunque he pagado impuestos en cada uno de estos lugares.
Lo ideal sería contarles la historia de dos ciudades: el Reino Unido, libre y sencillo, y los EEUU, caro y burocrático. Afortunadamente, toco madera, he tenido un muy buen seguro médico del FT, que implica completar pocos formularios, y una suerte totalmente inmerecida en el terreno sanitario de Estados Unidos, lo que significa que solo he ido al médico tres veces en mis 18 años acumulados en EEUU (cada vez ha sido para exámenes de rutina). Solo he ido a los hospitales del Servicio Nacional de Salud (NHS) por una pierna rota y otro accidente, cada uno de los cuales fue gratuito, rápido y muy doloroso. Mi historia financiera y operativa con los odontólogos estadounidenses es otra. Como sabes, incluso el mejor seguro médico apenas cubre los procedimientos dentales, y yo soy británico, así que he necesitado una intervención dental mucho mayor que la media mundial.
Si me interesaría saber si los costos de educación superior que estás pagando por tu hija (ella es muy afortunada al tenerte como madre) realmente valen la pena, incluso teniendo en cuenta la alta calidad de su escuela. La mayoría de nosotros condenamos hoy en día de forma abstracta la carrera educativa hacia la cima y la carrera armamentística financiera a la que nos enfrentamos. Sin embargo, a nivel individual, somos parte del problema. Nos quejamos, pero jugamos el juego. Multiplica tu visión del mundo y la mía por la población total de padres de chicos de la Ivy League, etc., y nada cambiaría. Deberíamos negarnos a seguir el juego o aceptar el sistema tal y como es. Un debate que debemos dejar para otra sesión de nuestros Apuntes desde el Pantano.
Rana Foroohar, Edward Luce
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