Las fantasías paranoicas de Vladimir Putin y de otros gobernantes aumentan los peligros para el mundo.
Solía pensar que las teorías conspirativas eran el refugio de los impotentes y las personas sin educación. La convicción de que fuerzas oscuras y secretas están manipulando los acontecimientos mundiales era la marca de un marginado, navegando por Internet o gritando en las calles. En los pasillos del poder tenían las ideas más claras. Como les gusta murmurar a los funcionarios británicos, cuando las cosas van mal, suele ser “un lío, no una conspiración”.
Pero los teóricos de la conspiración se han trasladado de las calles a las suites. Se han convertido en presidentes de países, como Turquía y Brasil. En Estados Unidos, Donald Trump -que ve complots en su contra por todas partes- está planeando su regreso político. El teórico de la conspiración más peligroso de todos es Vladimir Putin, que actualmente amenaza al mundo con una guerra nuclear.
Su discurso de la semana pasada, en el que anunciaba la anexión ilegal de partes de Ucrania, estaba repleto de ideas conspirativas. Según Putin, el Occidente colectivo no “quiere que seamos libres; quiere que seamos una colonia … Quieren robarnos”. En ocasiones anteriores, Putin y sus principales asesores han hecho referencia a la teoría de la conspiración del “millardo dorado”. Esta sostiene que Occidente ha decidido que el mundo sólo tiene recursos suficientes para mantener a mil millones de personas y que, por lo tanto, tiene la intención de dividir a Rusia y robar sus recursos. La semana pasada afirmó que los países occidentales han abandonado la religión y han abrazado el “satanismo”.
Cada vez es más evidente que Putin cree realmente en muchas de las teorías conspirativas que pregona. Una visión profundamente conspirativa del mundo ha impulsado su actuar durante años. Ha insistido repetidamente en que las “revoluciones de colores” de Ucrania y Georgia no fueron movimientos democráticos espontáneos, sino “golpes de Estado” fabricados por las agencias de inteligencia occidentales.
Putin es especialmente peligroso. Pero no es el único presidente que también es un teórico de la conspiración. Ante la posibilidad de una derrota electoral, el líder de Brasil, Jair Bolsonaro, promueve la idea de una vasta conspiración de la izquierda para robarle las elecciones. También ha abrazado la teoría no probada de que el virus Covid-19 fue fabricado en un laboratorio.
Giorgia Meloni, quien se espera que sea la próxima primera ministra de Italia, es aficionada a las teorías conspirativas. Ha coqueteado con la teoría de la “gran sustitución”, que sostiene que existe un plan, urdido por las élites financieras, para diluir la cultura cristiana de Europa mediante el fomento de la inmigración. El objetivo final, aparentemente, es convertir a los europeos en “esclavos” y consumidores sin sentido, despojados de su identidad nacional y de género.
Con una previsibilidad lúgubre, Meloni —al igual que Trump y Viktor Orbán en Hungría—-, ha sugerido que la figura clave que trabaja contra su país es el financiero y filántropo judío de 92 años, George Soros. “Cuando eres un esclavo, actúas a favor de los intereses de Soros”, ha declarado.
Otro poderoso líder que despotrica contra Soros es Recep Tayyip Erdoğan. El presidente de Turquía suele culpar de los problemas económicos de su país no a su propia ineptitud, sino a un misterioso “lobby de las tasas de interés” que supuestamente quiere imponer tasas de interés usurarias a los ciudadanos de a pie.
El ascenso de Trump echó por tierra cualquier ilusión de que las democracias bien establecidas de Occidente fueran inmunes a este tipo de cosas. El antiguo, y quizás futuro, presidente lanzó su carrera política promoviendo la mentira de que Barack Obama no había nacido en Estados Unidos. Desde entonces ha sido un prolífico promotor de teorías conspirativas. Esto culminó con su insistencia en que las elecciones presidenciales de 2020 le fueron robadas.
Las teorías conspirativas han existido durante siglos, desde la época de la quema de brujas y antes. Pero en nuestra era de globalización se ven especialmente favorecidas por los nacionalistas extremos, que ven fuerzas extranjeras oscuras al acecho de cada revés o humillación nacional.
Refugiarse en tales teorías implica una huida de la realidad, que luego invita a nuevos desastres. Cuando las cosas van mal, la reacción natural de un teórico de la conspiración es redoblar la apuesta, afirmando que el desastre que han producido sus políticas es una prueba más de la conspiración original.
La presión de los acontecimientos puede hacer que incluso los responsables políticos normalmente racionales recurran a la cómoda manta de las teorías conspirativas. En el momento álgido de la crisis del euro, me encontré con responsables políticos de la UE que coqueteaban con la idea de que todo había sido causado por los fondos especulativos, en concierto con el Financial Times. Ahora que le toca a Gran Bretaña pasar por el escurridor financiero, algunos comentaristas de derecha en el Reino Unido sospechan de una conspiración extranjera para hacer descarrilar el Brexit.
Los líderes que ya estaban inclinados al pensamiento conspirativo tienden a volverse aún más paranoicos, cuando las cosas van mal. (En las inmortales palabras de Kenneth Williams en Carry on Cleo, “Infamia, infamia, todos la tienen conmigo”). El discurso de anexión de Putin de la semana pasada fue un ejemplo clásico. Todo lo que ha ido mal para Rusia, desde su decisión de invadir Ucrania, fue citado como una prueba más de la diabólica conspiración occidental que “justificó” la invasión en primer lugar.
Hace unos años, Angela Merkel, la excanciller alemana, sugirió que Putin había perdido el contacto con la realidad y vivía “en otro mundo”. Ese mundo es uno en el que abundan los enemigos ocultos y las conspiraciones. Es el mundo de las teorías conspirativas. Trágicamente, la imaginación enferma de Putin ha desatado una guerra innecesaria, brutal y cada vez más peligrosa.
Gideon Rachman
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