Hay prisa. En breve, el cuatrista venezolano Jorge Glem debe tomar un vuelo. Desde el hotel en el que responde la videollamada se disculpa: el fondo, según considera, no es ordenado ni, ya para aterrizar en terminologías musicales, acorde. Pero allí está. La guayabera, el sombrero, la barba. Estampa clásica. Esta noche se presenta, cuatro en mano, en El Maní, un rincón que con clave salsera (y otras claves) basa su auge en un declive: el del país pudiente, bailarín, acaso frívolo. A fin de cuentas, la nostalgia por Venezuela. Otra Venezuela, la pretérita. Paradojas.
Vienen semanas complicadas y no por ello insatisfactorias. En abril, una gira estadounidense con C4 Trío como grupo de soporte de Snarky Puppy. Luego, en mayo, otra gira en Venezuela. Luego, en junio, una gira –vaya, sorpresa– en Trinidad con Etienne Charles. Vienen semanas complicadas, ajá. No por ello insatisfactorias. Siempre, como ha sido desde que en 2005 fundó el grupo junto con sus colegas cuatristas Edward Ramírez y Héctor Molina, con un despliegue de compromisos en aumentado, jamás en disminuido.
Aunque continúe entre la agenda y la pared, no pierde ocasión para hablar, como lo hace ahora con El Tiempo Latino, de su última creatura, el disco Brooklyn-Cumaná (Guataca, 2022), que grabó con el acordeonista estadounidense Sam Reider. Un encuentro sin ninguna frontera, sin ninguna atadura, y sí con toda la encordadura, la del cuatro venezolano, en una obra que transcurre entre 12 canciones y la terquedad de desbocar culturas, el trabajo que los llevó en marzo al mismísimo Tiny Desk de la National Public Radio (NPR). Entre otros escenarios.
–Más allá de la vieja historia de la fiesta en la que, por amigos en común, coincidieron por primera vez Sam Reider y usted, y de factores comunes como el interés por la música y esa abstracción que muchos llaman química, ¿cómo terminó de cuajarse Brooklyn-Cumaná?
–Después de ese encuentro comenzamos a tocar juntos en sitios pequeñitos. Yo lo invité a una serie llamada Guataca on the rivers. Entonces, fue interesante mezclar música de ambos países y se dio este disco, que hicimos en un estudio en Brooklyn. Lo chévere de todo esto es que es bien interesante cuando uno empieza a escuchar música de otros países. En mi caso, nunca digo que Venezuela es el mejor país del mundo, con la mejor música del mundo y que yo toco el mejor instrumento del mundo, porque automáticamente uno invalida cualquier posibilidad de compartir tu cultura con otro cuando llegas pensando que lo tuyo es superior.
-A estas alturas, con el disco ya público desde hace meses, ¿diría que fue una propuesta arriesgada o tiro al piso?
-No, yo creo que es súper arriesgada, porque hoy en día es mucho más fácil concentrarse en un solo género musical. De hecho, al momento de uno buscar festivales y conciertos en otros países, te preguntan qué tipo de música haces, y cuando dices que es una mezcla de culturas no es tan fácil que se abran esas puertas. Eso plantea otra pregunta: ¿uno tiene que hacer un solo género musical para entrar en un festival? Más bien, creo que estamos en el momento en que ese crossover es absolutamente necesario, no solo a nivel personal, sino musical y social. Sería chévere que haya una apertura al respecto.
–Respecto de, por ejemplo, En El Cerrito (2013), o de Stringwise (2019), parece haber en Brooklyn-Cumaná (2022) una depuración hacia la sencillez, lo cual no implica ausencia de complejidad musical. ¿Experimentación o el regreso a un viejo estilo?
–Me encanta una frase de Jacob Collier, un genio de la música: mientras más acordes aprendes, más valentía tienes que tener para saber dónde utilizarlos. Lo que esto resume de alguna forma es que las cosas que aprendes a diario no las puedes utilizar todas, sino que aprendes en qué momento debes utilizarlas. El virtuosismo no es qué cantidad de notas haces en un tiempo específico, sino qué notas haces en ese tiempo.
Pasa en la vida: cuando uno es chamo (venezolanismo para joven) se monta en una moto y maneja a 150 kilómetros por hora como un loco. Pero luego de que experimentas todos esos procesos, decides con qué te quedas y uno toma como prioridad otras cosas. Entre esas cosas está entender que uno no hace la música, sino que la música lo hace a uno, y uno deja de demostrar qué tan rápido es y trata de conectar con el público y con tu condición como artista.
–¿Qué significa este disco para la penetración de la cultura latinoamericana en EEUU? ¿Tiene un impacto?
–El primer impacto yo lo veo en las dos partes, en lo social y en lo musical. Es una manera de hermanar, de hacer un discurso en el que decimos: “Somos bienvenidos a EEUU porque nos recibe el acordeón, pero al mismo tiempo venimos con el cuatro a traer nuestra cultura y a aprender de esta cultura que estamos viviendo. Yo tengo por Sam una admiración enorme, igual que por la cultura estadounidense, y esta cultura estadounidense tiene mucha influencia de Irlanda, de África, de los indios apaches, y la música de nosotros tiene mucho de África, España y el Caribe. Al final, lo que defendemos como cultura propia, nuestra, cerrada y concreta, es también una consecuencia de muchas culturas que se juntaron. Allí es donde debemos abrirnos en un camino para nuevas generaciones.

El patrioterismo que desafina
–Comentaba que no comparte esa bandera que se ondea mucho, la de que Venezuela es el mejor país del mundo y el cuatro es el mejor instrumento del mundo…los lugares comunes que se resumen con una palabra, chovinismo. ¿Mata el chovinismo la música en Venezuela?
–Eso es algo que es muy lindo llevarlo con orgullo. Pero la realidad no es esa y creo que entramos en una especie de mentira hacia nosotros mismos. Lo hacemos para ser un poco complacientes con un público que pudiera pensar como nosotros, quizás por la necesidad de que los venezolanos sientan más orgullo por lo de nosotros. Tenemos una música increíble, sumamente compleja, y al mismo tiempo, los músicos que la escuchan afuera sienten que escuchan algo novedoso, interesante, difícil, pero hermoso. Debemos sentirnos orgullosos, pero también ellos tienen lo suyo. Entonces, sí creo que es algo que nos juega en contra por el hecho de tratar de complacer a la gente que nos rodea.
–Su generación, que es la generación ya consolidada que representan (los también cuatristas venezolanos) Edward Ramírez, Héctor Molina, Carlos Capacho o Miguel Siso, tiene una marca. ¿Pero a cuáles nuevos talentos debería mirar quien quiera saber sobre el futuro del cuatro?
–La página de la Siembra del cuatro siempre publica canciones de chamos que tocan. Hay varios cuatristas a los que admiro mucho: Carlos Suárez, por ejemplo; Isidro Landaeta. Hay muchos chamos haciendo un buen trabajo. Te cuento: uno de mis sueños era dictar un taller en la concha acústica de Cumaná. Pensé que se inscribirían unas veinticinco o treinta cuatristas, y pensaba en qué increíble sería ver tantos cuatristas juntos. Resulta que se inscribieron más de doscientos, y fue una sorpresa muy grande saber que el cuatro está más vivo que nunca. Me llenó mucho de satisfacción porque sentí que el trabajo que hacemos los cuatristas está calando en el país.
–La escena del cuatro, sin embargo, sigue pareciendo masculina: en efecto, hay nombres, como Lala Bustamante o Zarahí González, que suenan con más insistencia, pero parece que aún hay muchísimo por hacer. ¿Está de acuerdo? Y en ese caso, ¿qué cree, entonces, que hay que hacer?
–No. Creo que el sexo no es excluyente. Para nada. No lo he sentido así. Ni en mi generación ni en la anterior. Y si ha pasado, ni me he enterado. No lo he visto como algo que importe para tocar bien el cuatro. Más bien, es una cuestión de que las mujeres pierdan el miedo a esa situación, porque no es excluyente. Lo importantes es que suenen esas cuatro cuerdas sin importar el género.

La política, un tono menor
–Muchos artistas venezolanos en Estados Unidos han relajado sus posturas sobre Venezuela en relación con lo que, por ejemplo, se veía en 2017 (durante un ciclo de protestas contra el gobierno de Nicolás Maduro, en el que más de 100 personas fueron asesinadas), alegando que el artista debe dedicarse a su oficio y no a la política; otros, como Caramelos de Cianuro, se han acercado a protagonistas de la dictadura (como Jorge Rodríguez). Usted, crítico desde hace años con la dictadura venezolana, ¿qué piensa al respecto?
–Cada artista decide lo que quiere hacer. Mi posición de no estar de acuerdo con lo que pasa en el país (incluso en este momento en que han cambiado muchas cosas) no ha variado. Lo que siento que ha cambiado es el modo de lucha. En Venezuela hay una cantidad de gente haciendo las cosas bien, trabajando durísimo, y estoy seguro de que es la mayoría. La gente decidió salir a trabajar. Creo que hay que hacer música pensando en la gente, no pensando solo en el bolsillo y en que ya todo está bien, y listo: que me paguen lo que sea. Creo que hay que hacer música en donde se pueda, de la manera más sencilla posible, sin estar involucrado con el régimen venezolano.
–El director venezolano Gustavo Dudamel ha sido cuestionado por sus posturas pasadas, estáticas cuanto menos, con el chavismo (algo que cambió a partir de 2017). Usted, que ha tenido una línea de crítica frontal más parecida a la de la pianista Gabriela Montero, ¿le es indiferente ese pasado de Dudamel al momento de compartir el escenario, como ocurrió en el Hollywood Bowl en 2022?
–Yo podría estar en una posición en la mitad. Gabriela es muy directa en lo que está diciendo. La aplaudo y la admiro muchísimo. Y también sé la posición de Gustavo. Él estuvo en un proceso social muy importante en el que muchos chamos dependían de ellos. Era como que le tocó decidir entre hablar sobre lo que creía que no estaba bien y echar por tierra todo lo que se ha venido haciendo, o mantenerse al margen para seguir ayudando a esos chamos con la idea de que, como decía el maestro (José Antonio) Abreu (fundador del Sistema Nacional de Orquestas Infantiles y Juveniles de Venezuela): un niño que toma un violín jamás tomará un arma.
No obligaría a ningún músico o artista a tomar posición. No he tenido problema con la postura de Gustavo. Ha estado haciendo un trabajo muy importante, es el primer latino en dirigir la filarmónica de NY, y para mí eso sigue siendo un orgullo. Antes sí me sentía herido cuando la gente no asumía el riesgo, pero ahora entiendo que cada quien debe saber de qué manera apoya o se sale del juego. En mi caso, como ciudadano debo anteponer cosas antes de ser músico o artista.