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Grandes petroleras deben invertir sabiamente sus ganancias extraordinarias

Las empresas de energía corren el riesgo de desaprovechar un momento clave para impulsar la transición verde.

Opinión de la Junta Editorial del Financial Times.

Si Bernard Looney, director ejecutivo de BP, describió su empresa como un “cajero automático” justo antes de que la invasión rusa de Ucrania disparara los precios del petróleo y el gas, ¿en qué la convierte ahora? Las arcas de las grandes petroleras están rebosantes. Las principales empresas energéticas occidentales obtuvieron el año pasado ganancias récord de $219.000 millones, ya que la guerra provocó una subida de los precios y devolvió la atención a la seguridad energética. El aumento de los ingresos se produce justamente cuando los hogares atraviesan una crisis histórica del costo de la vida acompañada de recibos de electricidad altamente costosos. Cada vez son más los que exigen mayores impuestos a las ganancias extraordinarias. No hay nada intrínsecamente malo en que las grandes empresas obtengan súper ganancias; sus fortunas oscilan con ciclos de auge y caída, como en cualquier industria. Lo más problemático es cómo piensan gastarlas.

Las ganancias récord llegan en un momento potencialmente oportuno. Los gobiernos están remodelando sus agendas políticas para cumplir los objetivos del cambio climático, y se prevé que la demanda de combustibles fósiles alcance su punto máximo esta década, según la Agencia Internacional de la Energía. Las grandes petroleras pueden (y deben) sacar provecho reciclando sus recompensas en la transformación de sus modelos de negocio para la transición verde y el apoyo a los objetivos nacionales de cero neto. Sin embargo, los últimos informes de resultados sugieren que las petroleras podrían estar desaprovechando esta oportunidad.

Los $28.000 millones en ganancias de BP del año pasado fueron las más altas en sus 114 años de historia. Sin embargo, Looney recortó su estrategia de transición, al indicar que reducirá la producción de petróleo y gas en un 25 por ciento para 2030, en lugar del 40 por ciento que había prometido anteriormente. Al menos se comprometió a aumentar en £8.000 millones el gasto en sus negocios de transición. Shell obtuvo ganancias anuales récord de unos $40.000 millones, pero su gasto de capital el próximo año, incluida la proporción destinada a su división de energías renovables y soluciones energéticas ($3.500 millones en 2022, apenas el 14 por ciento de su inversión de capital total) se mantendrá estable. Ambas también señalaron que estiman gastar miles de millones en nuevas recompras de acciones este año.

Las petroleras europeas se distraen con intereses a corto plazo. Una mayor atención política a la seguridad energética para cubrir la pérdida de flujos energéticos de Rusia, los altos precios del petróleo y el gas, y el retorno de la demanda de China favorecen su negocio tradicional. La promesa de elevados dividendos hace que los accionistas los animen. Las acciones de BP alcanzaron un máximo de tres años y medio tras sus planes de reducir su producción de hidrocarburos. Las acciones de las grandes petroleras BP y Shell, que cotizan en el Reino Unido, han quedado por detrás de las de sus rivales estadounidenses ExxonMobil y Chevron, menos partidarias del gasto verde.

Centrarse en los beneficios a corto plazo va en detrimento de los esfuerzos por conseguir un balance de cero neto: las emisiones deben reducirse hoy, no solo en las próximas décadas. Pero más impuestos a las ganancias extraordinarias tampoco ayudarán. Los impuestos retroactivos arbitrarios pueden crear incertidumbre sobre los futuros planes de inversión, afectando tanto a los proyectos de combustibles fósiles como a los verdes. La clave está en gestionar la eliminación progresiva del carbono. El petróleo y el gas siguen siendo importantes mientras aumentan las infraestructuras de electricidad limpia, las energías renovables y el almacenamiento. Las empresas petroleras también cuentan con importantes conocimientos de investigación e ingeniería que podrían apoyar la transición.

Sin embargo, la seguridad energética no debe servir de excusa para frenar las iniciativas verdes. La mejor manera de apoyar el suministro energético a largo plazo es apostar por las fuentes de energía renovables y la descarbonización. Los gobiernos de todo el mundo pueden ofrecer más incentivos: comprometerse a invertir en tecnología limpia, incentivar las inversiones verdes a través del sistema fiscal y garantizar que la normativa urbanística no obstaculice los proyectos de energías renovables. Desincentivar la concentración en combustibles fósiles a medio plazo y ampliar los mecanismos de fijación de precios del carbono son también aspectos importantes. Y, en última instancia, los directores ejecutivos de las grandes petroleras y sus accionistas deben despertar rápidamente ante el riesgo existencial de apoyarse demasiado en una economía petrolera en declive.

La Junta Editorial

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