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A seis meses de la invasión rusa sobre Ucrania, el mundo pende de un hilo

La campaña del presidente ruso Vladimir Putin para derrocar al gobierno de Ucrania no ha salido como la planificaron en el Kremlin.

Esta semana se cumplen seis meses del inicio de la invasión rusa a Ucrania.  La guerra resultante ha dominado los titulares internacionales, ha afectado a las cadenas de suministro mundiales y ha despertado un nuevo espíritu de solidaridad en Occidente. Para muchos europeos, el momento marcó un “punto de inflexión en la historia”, como declaró el canciller alemán Olaf Scholz en las primeras semanas del conflicto.

Las crudas dimensiones morales de la guerra -el descarado y destructivo avance ruso y la valiente respuesta ucraniana- hicieron que la balanza cayera sobre las élites europeas que habían buscado un acuerdo pacífico con Rusia.  Lo que se desencadenó fue de una magnitud que no se veía en el corazón de Europa hacía décadas. Terminó definitivamente, como escribió Jeremy Cliffe del New Statesman, “el fácil optimismo de los años inmediatamente posteriores a la Guerra Fría”.  Pero, añadió, aunque vayamos “hacia algo nuevo”, sus contornos son “todavía difusos”.

La neblina de la guerra sigue siendo espesa sobre Ucrania.  Más allá de los paisajes sembrados de trincheras y de las ciudades costeras bloqueadas y maltratadas, se sigue produciendo un choque de ideologías, incluso de visiones de la historia.  Al no someterse a las ambiciones neo-imperialistas del presidente ruso Vladimir Putin, los ucranianos se ven en la primera línea de una guerra mundial entre la democracia y la autocracia.  Es una visión de la que se hacen eco sus partidarios en Occidente, incluido el propio presidente Joe Biden, quien declaró en marzo que Ucrania estaba librando una “gran batalla por la libertad… entre la libertad y la represión, entre un orden basado en normas y otro gobernado por la fuerza bruta”.

Putin, por supuesto, lo ve todo de otra manera.  El ejército ruso atravesó las fronteras de su vecino el 24 de febrero después de que pronunciara un discurso ahora infame.  Estaba impregnado de agravios históricos y revisionismo, y presentaba a Ucrania como una nación artificial cuyo régimen “nazi” era un peón de Occidente.  Putin arremetió contra la expansión de la OTAN en Europa del Este y advirtió de la aparición de una “anti-Rusia” en territorios que eran “nuestra tierra histórica”.  Esto no era aceptable; disciplinar a Kiev, no se trataba sólo de frenar la influencia occidental, sino de redimir la tragedia de la caída de la Unión Soviética, la cual, según Putin, alteró “el equilibrio de fuerzas en el mundo”.

El nuevo equilibrio imaginado por Putin no se produjo como los planificadores del Kremlin pensaban.  Ucrania resistió valientemente la invasión y obligó a las tropas rusas a una ignominiosa retirada tras una campaña fallida para capturar Kiev.  En lugar de escarmentar, la OTAN se ha ampliado, incluyendo a Suecia y Finlandia bajo el paraguas de la principal alianza militar del mundo.  En los países bálticos, las autoridades locales han comenzado a desmantelar los monumentos de la era soviética.  La guerra ha generado un proceso de “descolonización” largamente demorado para Ucrania y algunos de sus vecinos, que ahora se ven ansiosos por eliminar las pretensiones impuestas a sus países por un legado de sometimiento a Moscú.

Las sanciones occidentales han cobrado un alto precio a la economía rusa: la mitad de las reservas de divisas del país están congeladas, cientos de empresas occidentales se han retirado del mercado ruso y las principales exportaciones de petróleo y gas se están vendiendo a compradores oportunistas a precios reducidos.  Los servicios de inteligencia estadounidenses calculan que hasta 80.000 soldados rusos pueden haber muerto ya en los combates.  Los analistas occidentales también creen que la maquinaria bélica rusa está gravemente desgastada y que sus municiones se están agotando.

Pero eso no es consuelo para los ucranianos, quienes han pagado un precio casi insondable para defender el derecho de su nación a existir.  Seis meses de guerra provocaron la muerte de miles de personas y llevaron a otros millones a exiliarse.  Las fuerzas rusas han cometido presuntas atrocidades y crímenes de guerra.  Ahora están atrincheradas en una amplia franja del sur y sureste de Ucrania, y los analistas prevén una larga y amarga guerra de desgaste.

Seis meses después del comienzo de la guerra, el mensaje ucraniano a las élites occidentales apenas ha cambiado. “Lo que necesitamos son armas, y si tienen la oportunidad, obliguen [a Putin] a sentarse en la mesa de negociaciones conmigo”, dijo el presidente ucraniano Volodymyr Zelensky en una reciente entrevista con el Washington Post, reiterando que su gobierno pide con frecuencia más armas y municiones de avanzada.  Este equipamiento da a Ucrania mayor ventaja en el campo de batalla, pero también en las futuras negociaciones teóricas con un régimen ruso más escarmentado.

A pesar de los retrasos y los obstáculos logísticos, esa ayuda -dirigida por Estados Unidos- ha llegado a Ucrania.  El gobierno de Biden ha comprometido hasta ahora más de $10 mil millones en ayuda a la seguridad de Kiev, a la vez que ha coordinado y movilizado un apoyo más amplio entre la OTAN y los socios europeos.  Desde Washington hasta Varsovia, los legisladores creen que hay que dotar a Ucrania de las herramientas necesarias para una victoria militar decisiva, aunque ese resultado siga siendo sólo una posibilidad lejana.

Pero ese optimismo puede menguar: en Europa, la proximidad del invierno y la sombría certeza de los exorbitantes costos de la energía han hecho que se cuestione si Occidente puede mantener la misma determinación de apoyar el esfuerzo bélico de Ucrania durante los próximos seis meses como lo ha hecho durante el último medio año.

La importancia de Estados Unidos para ayudar a Ucrania a mantener su postura es un recordatorio de que, a pesar de toda la retórica sobre el ingreso de Europa a una nueva era valiente, las viejas ecuaciones del siglo XX siguen siendo válidas: cuando se trata de la geopolítica del continente, la superpotencia estadounidense desempeña un papel primordial.

Sin embargo, ningún gobierno puede gestionar los impactos más amplios de la guerra, que incluyen sacudidas en la cadena de suministro agrícola mundial que han hecho que los precios de los alimentos se disparen en algunas partes de África y que los gobiernos caigan en el sur de Asia.  En consecuencia, los funcionarios de los países no occidentales expresan a menudo su perplejidad ante el celo mostrado en las capitales occidentales, donde hablar de compromiso o concesiones a Rusia es un anatema.  “Lo más desconcertante para nosotros es la idea de que un conflicto como éste se esté fomentando, en esencia, para que continúe indefinidamente”, dijo a Reuters un alto diplomático africano en Nueva York.

Para frustración de los diplomáticos ucranianos, son menos los funcionarios africanos que exponen el argumento obvio de que Rusia podría simplemente retirar sus tropas del territorio soberano de otra nación. No está claro si el aislamiento de Rusia se ampliará o reducirá en los próximos meses.  Tanto Putin como el presidente chino, Xi Jinping, que está inmerso en su propio enfrentamiento con Estados Unidos respecto a Taiwán, tienen previsto asistir a la cumbre del Grupo de las 20 principales economías de este año en Indonesia.

El presidente de Indonesia, Joko Widodo, espera que eso no disuada a líderes como Biden de asistir.  “La rivalidad de los grandes países es realmente preocupante”, dijo Widodo a Bloomberg News la semana pasada.  “Lo que queremos es que esta región sea estable, pacífica, para poder construir crecimiento económico.  Y creo que no sólo en Indonesia: los países asiáticos también quieren lo mismo”.

Sin embargo, la estabilidad podría resultar difícil de alcanzar.  A medida que se prolonga la guerra en Ucrania, los expertos temen que se amplíe el arco de riesgos y represalias, desde los ataques destructivos en zonas civiles hasta los complots de asesinato y sabotaje a través de las fronteras, pasando por la amenaza siempre presente de un error de cálculo nuclear.  “Seis largos meses de guerra”, reflexionó el comentarista geopolítico Bruno Maçães, y aún nos queda “la sensación de que sólo ha sido el prólogo”.

Washington Post – Ishaan Tharoor

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