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El nuevo consenso de Washington

La ortodoxia económica estadounidense de ayer es la herejía de hoy.

Opinión de Edward Luce

Si le gustan los viajes en el tiempo, lea el discurso que Bill Clinton pronunció en 2000 instando al Congreso a admitir a China en la Organización Mundial del Comercio. La incorporación de China enriquecería a los estadounidenses y ayudaría a convertir a China en un país libre, afirmaba. “No hay duda de que China ha estado tratando de acabar con la Internet”, admitía Clinton entre risas. “¡Buena suerte! Eso es imposible”.

Menos de un cuarto de siglo después, China vive detrás de un inmenso cortafuegos y hace tiempo que el consenso de Washington ha sido declarado muerto. Ese término, acuñado por un economista británico en 1989, consistía en ideas del libre mercado. Su garante era Estados Unidos y sus tropas de choque eran el Banco Mundial y el FMI. La lista de diez puntos era exclusivamente económica. La geopolítica había perdido relevancia desde el final de la Guerra Fría.

El pasado es otro mundo. El objetivo de integrar a China ha sido sustituido por un debate sobre cómo desintegrar a China. Contrastemos el discurso de Clinton —el punto álgido del consenso de Washington— con la reunión de ministros de Asuntos Exteriores del G7 de esta semana, centrada en desvincularse de China. Comparemos la condición marginal del FMI y el Banco Mundial en la economía mundial actual con los organismos hegemónicos de Bretton Woods de los años noventa.

El nuevo consenso de Washington difiere del anterior en tres aspectos fundamentales. En primer lugar, Washington ya no es la Roma sin oposición del mundo actual. Tiene la competencia de Pekín. Por lo tanto, el nuevo consenso se circunscribe en gran medida al propio Washington y no al fanfarrón Estados Unidos que fijó las normas mundiales tras el final de la Guerra Fría. Se trata de un consenso político estadounidense cuyo exponente más duro es Donald Trump. Habla de cómo el comercio con China ha creado una “carnicería americana” y ha conducido a la “violación” de Estados Unidos. El lenguaje de Joe Biden es mucho más suave, pero su aplicación es más rigurosa. La política de Biden es la de Trump pero con rostro humano.

En segundo lugar, el nuevo consenso es geopolítico. Dispone de herramientas económicas, como la deslocalización de las cadenas de suministro, darle prioridad a la resiliencia sobre la eficiencia, y la política industrial. Pero en gran medida son medios para un fin de seguridad nacional, que es contener a China. El antiguo consenso era un juego de suma positiva: si un país se enriquecía, los demás también lo hacían. El nuevo es de suma cero; el crecimiento de un país se produce a expensas del otro.

La tercera diferencia es que el nuevo consenso es tan pesimista como optimista era el anterior. En ese sentido, es menos intuitivamente estadounidense que lo que reemplazó. El espíritu de “sí se puede” ha dado paso a una lista de “no se puede”. El Estados Unidos de hoy no puede cerrar acuerdos comerciales, no puede negociar normas digitales globales, no puede acatar las resoluciones de la OMC y no puede apoyar las reformas de Bretton Woods. Washington ha perdido la fe en el multilateralismo económico.

¿Será eficaz el nuevo consenso? La prueba definitiva es si se puede contener, comprometer, competir y engatusar a China para que acepte el orden liderado por Estados Unidos. El Washington actual suscribe todos estos enfoques, algunos más sofisticados que otros. El propio Biden se centra más en competir que en engatusar. Su objetivo no es desvincularse de China, sino crear lo que Jake Sullivan, asesor de seguridad nacional estadounidense, denomina un “pequeño patio” con una “valla alta”.

Eso significa que Estados Unidos seguirá comerciando con China, salvo con productos que puedan utilizarse para potenciar el ejército chino, es decir, semiconductores de alta gama y todo lo que refuerce las ambiciones chinas en materia de inteligencia artificial. No queda claro dónde se puede trazar con seguridad esa línea, lo que sugiere que el pequeño patio de Sullivan se ampliará con el tiempo. Sin embargo, en comparación con los halcones de China ajenos a la administración Biden, el enfoque de Sullivan es matizado y flexible. Pero sigue planteando la siguiente pregunta: ¿cómo puede China incorporarse a un orden liderado por Estados Unidos en el que el propio EEUU ha dejado de creer?

Biden aún no ha dado una respuesta clara a esa pregunta porque es muy compleja. Quiere privar a China de los medios para alcanzar la paridad militar con Estados Unidos sin provocar un conflicto entre Estados Unidos y China o una contracción económica mundial. Una desvinculación a gran escala empobrecería a todos y crearía un mundo orwelliano de bloques hostiles. Un regreso al estatus quo anterior —que Clinton elogiaba—aceleraría el ascenso de China.

La solución intermedia entre el antiguo y el nuevo consenso de Washington consiste en preservar lo bueno del antiguo, en lugar de tirar lo bueno junto con lo malo. Por supuesto, la historia no ha terminado. Pero, por la misma razón, el futuro aún no está escrito. Ninguna potencia será su único autor. Pero Estados Unidos sigue teniendo mucha voz y voto sobre si el guion llega a ser opaco o luminoso.

Edward Luce es el editor nacional del Financial Times para EEUU y columnista sobre temas de política y economía.  Anteriormente era el jefe de la oficina de Washington y también ha desempeñado otros trabajos para el Financial Times alrededor del mundo.  Anteriormente era el principal redactor de discursos para el secretario del Tesoro, Lawrence H. Summers, durante la administración del Bill Clinton.  

Derechos de Autor – The Financial Times Limited 2021.

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