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El GOP de Nueva York es el partido del MAGA y los Martinis

Un combativo grupo de jóvenes republicanos del estado, firmemente de derecha y afín a Trump, choca muchas veces con la vía más moderada del establishment oficial del GOP.

En un plazo de tres días y a 160 millas el uno del otro, dos caminos divergentes para los republicanos de Nueva York se pusieron de manifiesto la semana pasada.

El primero tuvo lugar en un bar subterráneo de Little Italy, en Manhattan, donde Roger Stone era el centro de atención mientras más de 200 republicanos milenials de todas las edades que abarca esta generación merendaban aperitivos en miniatura decorados con diminutas banderas rusas y ucranianas.

El acto, patrocinado por el New York Young Republican Club, fue ecléctico y animado, con invitados que fumaban puros en el jardín trasero y gritaban sobre la música de baile en el interior.

“Es un viernes por la noche en Nueva York, y tenemos 300 personas aquí, y la gente se está amontonando”, indicó Gavin Wax, el presidente del club, de 29 años, mezclándose con una gran multitud cerca de la barra libre. “Así que algo estamos haciendo bien”.

El lunes siguiente, varios centenares de republicanos se reunieron en un Marriott del aeropuerto de Albany para votar formalmente (y por unanimidad) el regreso de Edward F. Cox, el yerno de 76 años de Richard Nixon, al puesto de presidente del partido, en un acto sin música electrónica ni puros, pero con mucho énfasis en la atrocidad de los demócratas dominantes del estado.

“¿Por qué es tan importante esta lucha?” preguntó Cox tras una ronda de agradecimientos. “Porque los demócratas de extrema izquierda que gobiernan Albany solo buscan una cosa: el poder”.

En muchos sentidos, Cox y Wax se encuentran en lados opuestos de una división dentro del Partido Republicano del estado, que se ha sentido optimista desde noviembre, cuando cambiaron de color cuatro escaños del Congreso y se acercó a 6 puntos de derrotar a la gobernadora Kathy Hochul, demócrata.

Por un lado están los que, como Wax, se adhieren al modelo combativo del expresidente Donald Trump y desdeñan los vínculos del partido con el republicanismo de Rockefeller, que favorecía una mezcla moderada de conservadurismo fiscal y tolerancia en cuestiones sociales.

El grupo de Wax funciona como una entidad distinta del Partido Republicano estatal. Sin embargo, en muchos sentidos es representativo de la forma en que el partido se transformó durante la era Trump.

En diciembre, Wax saltó a los titulares tras hacer unas declaraciones en una gala en Manhattan, a la que asistieron la representante republicana Marjorie Taylor Greene y Steve Bannon, ambos conocidos aliados de Trump, en las que sugería que los republicanos deberían librar una “guerra total” contra los demócratas.

Wax aclaró más tarde que solo estaba utilizando una metáfora militar. Pero tampoco parecía preocupado por la mala prensa.

“Hemos aceptado la polémica como una buena herramienta de mercadotecnia, explicó entonces. “Y la polémica vende”.

Los comentarios de la gala, así como algunos de Greene que parecían restar importancia al 6 de enero, irritaron a los antiguos líderes del partido, como el exgobernador George Pataki, el último republicano que ganó un cargo estatal en 2002 y antiguo blanco de los ataques de Stone. Pataki dijo que las declaraciones perjudicaban cualquier esfuerzo por ampliar el atractivo de su partido en Nueva York.

“Me crea anticuerpos”, declaró en una entrevista poco después del suceso. “Es el tipo de cosas que destruyen los esfuerzos por construir el electorado republicano sobre la base de una filosofía sólida. Duele”.

La radicalización de algunos republicanos neoyorquinos comenzó mucho antes de que Trump iniciara su carrera política. Contribuyó al entusiasmo del Tea Party que catapultó a Carl Paladino, un republicano del oeste de Nueva York, a las elecciones a gobernador de 2010.

El historial de comentarios racistas, sexistas y homofóbicos de Paladino y su falta de una disculpa en toda regla no le impidieron llevar la bandera republicana. En todo caso, su campaña (un presagio de la candidatura de Trump) sirvió como un letrero de neón que advertía a los demócratas que el mal comportamiento ya no era un impedimento para entrar en la política republicana.

El año pasado, Paladino se postuló para un escaño en la Cámara de Representantes y rápidamente obtuvo el apoyo de la representante Elise Stefanik, la congresista “Ultra MAGA” del norte del estado y la tercera republicana de mayor rango en la mayoría del partido en la Cámara de Representantes.

Perdió en las elecciones primarias contra Nick Langworthy, entonces líder estatal del Partido Republicano. Aun así, la candidatura de Paladino volvió a demostrar que existen reservas de votantes conservadores desencantados en un estado en el que los republicanos están muy por debajo de los demócratas en cifras, pero donde millones de votantes también se registran como independientes.

Por su parte, Paladino se lleva parte del mérito de haber sido el primero en Nueva York en adoptar el tipo de política de derechas de la era del Tea Party y la teatralidad que más tarde dominó Trump y adoptó Wax.

“Fui todo lo escandaloso que pude para llamar la atención de la gente”, declaró en una entrevista reciente.

En muchos sentidos, Stone, quien sigue estando cerca de Trump y su órbita, sirve de hilo conductor entre la vieja identidad del partido y la nueva.

Es un hombre que no duda en perseguir sus propios intereses: La noche después de la fiesta de los Jóvenes Republicanos, se invitó a los asistentes a una cena de $375 por cubierto, con huevos endiablados, costillas de primera y “hamburguesas Stone”, a beneficio del fondo de defensa legal del propio Stone.

Sin embargo, incluso Stone parece reconocer que ganar una carrera a nivel estatal, algo que el partido no ha hecho en dos décadas, requerirá ganarse a los moderados.

Tenemos que ser realmente un partido de centro-derecha en materia de delincuencia, drogas y educación”, indicó, y añadió: “No creo que el grito de America First atraiga a los votantes de Long Island, atraiga a los votantes del norte del estado. Aquí se va a ganar en base en los fracasos de las políticas demócratas más que en cualquier otra cosa”.

Mientras servía martinis en el acto de los Jóvenes Republicanos (usando una receta que asegura haber aprendido de Nixon), Stone añadió que tenía “en alta estima” a Cox y sentía que “el partido está justo donde tiene que estar”, señalando la fuerte campaña que el exrepresentante Lee Zeldin hizo contra Hochul.

Pero Wax, quien trabajaba como ayudante de barra de Stone, expresó menos entusiasmo por Cox.

“Si quiere trabajar con nosotros, eso el beneficiaría”, señaló. “Y si quiere evitarnos, sería en detrimento propio. Él no puede hacernos nada, pero nosotros sí podríamos hacerle mucho, tanto positiva como negativamente”.

La elección de Cox el lunes fue otro ejemplo de las corrientes cruzadas en el partido: sucedía a Langworthy, que (con el respaldo de Trump) había maniobrado con éxito para sustituir a Cox en 2019. El lunes, sin embargo, Langworthy, ahora congresista en su primer mandato, elogió a Cox, diciendo que sería “un líder increíble”.

Cox es conocido como un ávido recaudador de fondos, con profundas conexiones de dinero heredado en Manhattan. Recientemente, él y el excongresista John J. Faso ganaron con éxito una batalla legal para anular los límites del Congreso trazados por los demócratas y formaron un súper Comité de Acción Política para respaldar a Zeldin.

“Necesitamos una mano firme”, aseguró Jesse García, líder republicano en el condado de Suffolk, en Long Island, donde los republicanos, liderados por Santos, arrasaron en las cuatro elecciones al Congreso en noviembre.

Incluso Wax pareció ofrecer una reconciliación, o un martini de reconciliación, tal vez, a Cox y a otros de la corriente dominante, diciendo que pasarlo bien no excluye ganar elecciones.

“Podemos caminar y mascar chicle al mismo tiempo”, dijo Wax, y añadió: “Puedo tener un gran público, y mucha gente divirtiéndose esta noche. Y el domingo por la mañana, puedo conseguir que cuarenta personas hagan campaña llamando a las puertas en el condado de Nassau”.

Jesse McKinley, Maggie Haberman – The New York Times

Lea el artículo original aquí.

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